A lo largo de una docena de mudanzas abarcando medio continente, fue inevitable ir perdiendo libros, papeles, discos y otros documentos entrañables que la vida (o la humedad, o la falta de espacio de almacenaje, o los altos costos de transporte) nos va quitando de a poco. Los años y las distancias son crueles con los recuerdos.
Pero a pesar de eso, mi modesta pila de casetes de audio sigue allí, expectante y lista para transformarse algún día en una serie de datos computarizados, almacenados en algún adminículo más moderno, compacto y resistente al paso del tiempo, algún nuevo formato que me permita acceder con un par de clics a aquellas voces, sonidos y recuerdos encapsulados en esas viejas cintas.
Hoy, mi excesivo celo con aquellos polvorientos y vetustos artefactos plásticos justifica su existencia. Porque alguna de esas cintas guarda, en algún lugar, el recuerdo de mi primer encuentro con Ángelo Dundee, fallecido el miércoles en su hogar de Tampa, Florida, a los 90 años de edad, uno de los más grandes entrenadores, motivadores y estrategas en la historia del boxeo mundial.
Aquella breve pero emotiva entrevista se dio en mi primer viaje a Las Vegas, para la cobertura de lo que fue denominada como La Pelea Del Milenio pasado. Oscar de la Hoya y Tito Trinidad se enfrentaban en el por entonces flamante Mandalay Bay, y el no menos reluciente y recién estrenado hotel y casino Paris Las Vegas era anfitrión de la suntuosa conferencia de prensa previa al combate. En algún rincón de esos fastuosos pasillos decorados con falsas molduras doradas e imitaciones de todos los monumentos franceses más estereotipados, me topé con quien había sido el entrenador de grandes púgiles como Willie Pastrano, Sugar Ray Leonard, Carmen Basilio, y por supuesto, del enorme Muhammad Alí, a quien acompañó desde los años finales de su adolescencia hasta el último asalto de su ilustre carrera.
El boxeo, para desgracia de quienes lo amamos, pierde hoy a quien fuese quizás el más notable motivador, criador de campeones y especialista en triunfos improbables de la historia del pugilismo.
Alentado por mis modestos logros como periodista hasta ese momento (entre los que se incluían media docena de artículos en varias revistas especializadas, una cobertura previa de meses en el periódico El Mundo de Puerto Rico, un suplemento especial en el periódico El Vocero, y hasta una extensa nota en el programa oficial de aquella pelea) me acerqué a Ángelo para pedirle su opinión sobre el combate que se avecinaba. Mi acento extranjero me delató, y enseguida él me preguntó para qué medio iba a escribir esa nota. Cuando se lo dije, Dundee procedió a responderme en un español teñido de tintes italianos pero ágil y fluido, como si ya tuviese ensayada la respuesta en nuestro idioma. Y es que seguramente su dominio de la lengua de Cervantes no haya sido tan melifluo a la hora de conversar sobre otros temas, pero él hablaba el español que se habla en los gimnasios, en las tribunas, en los rincones del ring y en los vestuarios antes y después de las batallas. El boxeo era su idioma, con todos sus tecnicismos pero también con todas las sutilezas, los subterfugios, los trucos y las mañas de un idioma tan complejo y que él dominó como pocos.
Sucede que el viejo Ángelo fue el puente entre dos escuelas boxísticas, dos idiosincrasias y dos épocas completamente diferentes. Amaneció al deporte de la mano de su hermano Chris, quien junto a su hermano Joe y a viejos entrenadores como Chickie Ferrara y Ray Arcel, le guiaron el paso en los años más duros del pugilismo. Años en los que el deporte estaba en manos de nombres como Frankie Carbo y Blinky Palermo, de pandilleros y mafiosos que imponían su férrea disciplina a punta de pistola, cuchillo y cachiporra. Sobrevivió esos terribles años conservando su bonhomía, su caballerosidad, su carácter de padre y amigo, pero sin perder las mañas de la vieja escuela, que usó tanto para descubrir engaños ajenos como para pergeñar alguna picardía propia.
La más notoria fue quizás la anécdota del "guante cortado", en la pelea entre el por entonces joven retador llamado Cassius Marcellus Clay Jr. y el inglés Henry Cooper, cuando amplió un pequeño corte en el guante de Clay para pedirle al réferi una pausa en la que pudiese reemplazar el guante roto, pero que en realidad fue una excusa para permitir que Clay se recuperase luego de un asalto muy complicado y luego remontase el resultado noqueando a Cooper en el asalto siguiente. Pero también demostró su mano firme de timonel de tormentas en el momento más difícil de la pelea consagratoria de su pupilo, menos de un año después.
Eso fue cuando, al final del cuarto asalto de su pelea de campeonato ante el temible Sonny Liston, el joven Clay (que por entonces ya experimentaba con nombres nuevos como Cassius X) regresa a su banquillo quejándose de un ardor insoportable en los ojos. Un entrenador menos avezado hubiese intentado una queja formal ante el réferi, un pedido de atención médica, o hubiese detenido el combate sin mayores miramientos. Pero Ángelo sabía que las mañas de la vieja escuela estaban presentes en ese inexplicable incidente. "El entrenador de Liston había usado Monsel's solution en el corte sobre el ojo de Liston", dijo Dundee años después, en referencia a una antigua sustancia a base de sulfuro de hierro y ácido nítrico usada para cerrar heridas de manera rápida, pero que quemaba la piel y obviamente irritaba los ojos. "Aparentemente, el sudor de Liston se fue mezclando con el de Alí en los amarres de la pelea, se mezcló con ese líquido y se le metió en los ojos", indicó Dundee, que se dio cuenta de esto realizando una inusual prueba: metiendo su dedo meñique en el ojo de Alí para luego lamerlo y sentir el inconfundible y pegajoso sabor de esa peligrosa sustancia. "Cuando me di cuenta, traté de lavarle la cara con toda el agua que tenía, y le dije `corre durante todo el round'". Alí se montó en la bicicleta en el quinto asalto, y regresó en el siguiente episodio para castigar desde la distancia a un Liston cansado, cortado, hinchado y herido en su orgullo y en su hombro derecho, tal como lo manifestó en su declaración para justificar su abandono al final del sexto asalto y darle a Alí su primer campeonato mundial.
Con esa notable demostración de reflejos, Dundee comenzaría un camino que lo consagraría quizás como uno de los mejores "esquineros" de la historia del boxeo. Porque una cosa es ser entrenador, y someterse en el día a día casi burocrático de abrir y cerrar el gimnasio, y preocuparse si las toallas están limpias o no, y otra muy distinta es ser un estratega consumado capaz de dar giros de timón casi instantáneos durante el transcurso de un combate.
Esa misma habilidad de motivador y líder táctico del rincón le produjo otro momento notable en su carrera, en otra de las peleas más recordadas del último cuarto del siglo XX. Su nuevo pupilo, el ex medallista olímpico dorado Sugar Ray Leonard, enfrentaba un durísimo desafío ante el por entonces invicto fajador Thomas Hearns, en un choque por la supremacía de peso welter en la naciente década del `80, y dando inicio a una rivalidad legendaria entre ambos y complementada luego con otros dos gigantes como Roberto Durán y Marvin Hagler. Luego de dominar el inicio del pleito con su mejor boxeo, Leonard se dejó llevar al tren de pelea de Hearns, quien comenzó a tomar la voz cantante con su durísima pegada. Con el combate pactado a 15 asaltos entrando en su tramo decisivo, y con su pupilo al borde de la catástrofe, Dundee supo que era hora de hablar claro. "Lo estás arruinando todo, hijo. Lo estás arruinando", le dijo a un Leonard que, herido en su orgullo y ya consciente de lo cercano de su derrota, salió al 13er asalto decidido a cambiar la historia. Cuatro minutos y 45 segundos después lo había logrado. Hearns perdía por nocaut en lo que fue la pelea del año y una de las diez mejores de todos los tiempos, y Dundee se anotaba otra victoria milagrosa para aumentar su propio mito.
Getty ImagesAngelo Dundee desarrolló 15 campeones mundiales en su carrera, incluyendo a Muhammad Ali
El reconocimiento a su labor de estratega tomaría luego visos de leyenda, y ya no se sabría bien dónde empezaba y donde terminaba su involucramiento en los triunfos y tribulaciones de sus protegidos. Años después de la legendaria "Conmoción en la Jungla", el combate en el que Alí y George Foreman se enfrentaron en Zaire en 1974, Dundee comentó que fue él quien aflojó personalmente las cuerdas del ring, para amortiguar una eventual caída de Alí sobre las cuerdas y así darle una chance más de recuperación ante los durísimos golpes de Foreman. Alí usaría esas cuerdas elásticas y estiradas para practicar su "rope-a-dope", refugiándose en las cuerdas y dejando que Foreman se canse para luego noquearlo milagrosamente en el octavo asalto.
Pero nunca hubieron pruebas de semejante cosa. Así como tampoco hubieron pruebas de que le hubiese indicado a Alí que se pusiese de pie para darle señales a Joe Frazier de que todavía estaba dispuesto a salir a pelear en el último asalto de la extenuante tercer pelea entre ambos, en un sofocante estadio en Manila en 1975. Frazier abandonó el combate antes del inicio del 15to y último round, y Alí se quedó con la victoria en ese combate y en la serie de tres entre ambos, una de las rivalidades más notables de la historia del boxeo.
Pero aún así, quizás fue su fama de capitán de aguas peligrosas lo que impulsó al mismísimo George Foreman, a quien ayudó a derrotar en Zaire a manos de Alí, a contratarlo para lo que se vislumbraba como la mayor hazaña posible en su carrera: recuperar el título de peso completo nada menos que 20 años después de aquella gesta africana, y a sus 45 años de edad. No sería de extrañar que la idea de que Foreman use exactamente los mismos pantalones que vistió en Zaire en 1974 hubiese sido de Dundee, en otro toque magistral de motivación que ha quedado en la historia, especialmente tras la emocionante remontada de Foreman para quedarse con el título mundial con un tremendo nocaut sobre Michael Moorer, y así seguir alimentando la fama de Dundee como conjurador de milagros. Foreman había entendido bien. Para ganar un combate de boxeo, hace falta un experto en boxeo. Para triunfar en una gesta épica, hace falta un especialista en logros épicos.
Y el boxeo, para desgracia de quienes lo amamos, pierde hoy a quien fuese quizás el más notable motivador, criador de campeones y especialista en triunfos improbables de la historia del pugilismo. Haber estado en el rincón de al menos cuatro de las diez peleas más dramáticas de todos los tiempos (Alí-Liston I, Alí-Foreman, Alí-Frazier III, Leonard-Hearns) y haber piloteado situaciones que en manos de otros hubiesen terminado en aplastantes fracasos, pone a Dundee en la cima de un podio que difícilmente vaya a ser disputada en algún otro momento de la historia del boxeo. Las pocas decenas de palabras que plasmó en esa cinta que aún conservo y que algún día recuperaré para oírla junto a mis nietos son apenas un breve testimonio de toda esa sabiduría, todo ese inmenso legado que hoy deja en la tierra para buscar desafíos nuevos.
Hoy, seguramente Dios está planeando dar una pelea muy grande, porque acaba de convocar a Ángelo Dundee a su esquina.
